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Somos un grupo formado por profesionales sanitarios (medic@s y enfermer@s), pero abierto a todos aquellos profesionales de la salud interesados, cuyo objetivo fundamental es mejorar los aspectos comunicacionales de la relación médico-paciente, para ello realizamos cursos de formación a profesionales de la Comunidad de Madrid, fundamentalmente a los residentes de la especialidad de Medicina de Familia y de Enfermería de Familia.

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domingo, 11 de junio de 2017

Recursos emocionales de los médicos


.... el dolor es exilio y lengua nueva ....
Andrés Trapiello

Recursos emocionales de los médicos
¿Por qué hablar de emociones?
Si tuviera que pensar en un momento en el que he vivido la esencia de la medicina, no me acordaría de diagnósticos o tratamientos brillantes. Regresarían a mi mente y corazón tan vívidamente como cuando era un residente primerizo la imagen y la voz de aquel hombre de mediana edad sufriendo por una grave hemorragia digestiva diciéndonos: “¡Esto que hacéis es muy grande, muchachos!” tras agradecer nuestros desvelos por estabilizarle hemodinámicamente para poder ser intervenido quirúrgicamente. 
Son experiencias de este tipo, las que proporcionan fortaleza de ánimo y confianza en la utilidad de nuestra labor. La medicina es una tarea de relación entre personas, y no existe ninguna interacción humana en la que las emociones no estén presentes.
¿Influyen las emociones en la salud?
Disponemos de múltiples pruebas de la repercusión de las emociones en la salud de las personas. Tanto las emociones negativas (ira, pánico) como las positivas (alegría, satisfacción personal) tienen efectos a nivel neurofisiológico y hormonal, liberando hormonas del estrés (estimulación simpática) o sustancias estimulantes y hormonas del bienestar (endorfinas y anandamidas-cannabinoides endógenos) respectivamente. Además, las emociones tienen también efectos a nivel inmunológico, estableciéndose relaciones entre nuestra mente y sistema inmune que son estudiadas por la psiconeuroinmunología. Un ejemplo conocido del papel de las emociones sobre la respuesta inmune es la mayor predisposición a padecer enfermedades virales en situaciones estresantes.
Pero para nosotros como médicos lo más importante es saber que hablar de emociones con nuestros pacientes constituye un procedimiento terapéutico muy útil, porque nos permite modular las emociones negativas, evocar las positivas y abrir ventanas cuando se cierran puertas. Las emociones son contagiosas, y podemos ayudar a consolar, aliviar y curar contagiando emociones positivas, con disponibilidad, escucha y empatía. Es importante para ello adquirir y emplear recursos emocionales en la consulta.

¿Qué aprendemos los médicos?
Rebuscando en el aprendizaje de pregrado y hospitalario encontramos el conocimiento del funcionamiento de los órganos y los sistemas, los nombres de las enfermedades, las pruebas diagnósticas, cada vez más caras y sofisticadas, el uso y mecanismo de acción de los cada vez más numerosos medicamentos, pero nadie salvo los verdaderos maestros ( que afortunadamente existen) nos recordaron que no hay que olvidar que la enfermedad ocurre en una persona, en su contexto vital, familiar, laboral y social, y que cada individuo es único. Individualidad ante la enfermedad reconocida por los grandes clínicos como Gregorio Marañón, cuando considera que “hay que buscar con más ahínco al hombre en la enfermedad y no la enfermedad en el hombre”.
Los anglosajones diferencian disease la enfermedad, de illnes el padecimiento, pero ambas se diluyen cual acuarela en la mente del médico que ha aprendido de forma mecanicista que son la misma cosa, enfermedad y enfermo.
Síntomas y signos, a veces nuestra única “pista” enfrentados a los miedos, incertidumbres, preocupaciones, ilusiones, proyectos, que van a influir de manera notable en el devenir de la salud y la enfermedad. Si ignoramos esta información estamos creando una barrera para comprender los problemas y nos desviamos del objeto de nuestra labor.
¿Cuántas veces hemos oído frases del tipo: “lo mío es solo lo del corazón, no me cuente otras cosas”, como si en el momento que nos especializamos abandonamos la condición de médicos y de personas?
¿Será esta despersonalización del acto médico la razón por la que a pesar del avance científico nuestras posibilidades curativas son cada vez menores por conocer mucho la biología, pero poco el sufrimiento del enfermo?
En nuestro mundo tecnológico, los parámetros analíticos y de imagen son la base para solucionar de un modo racional los problemas.  Creemos comprender síntomas como las palpitaciones, o los dolores de espalda, signos como la fiebre, erupciones cutáneas y pruebas complementarias, pero cuando todos los estudios son normales, la exploración, los análisis, las radiografías. ¿Cómo interpretar la ira, el miedo, la angustia, la desconfianza, la desesperanza? ¿Por qué nos mostramos tan incapaces para enfrentar los sentimientos del enfermo? En general nos sentimos perdidos, y con frecuencia culpabilizamos al enfermo de nuestra incapacidad por no poderle encuadrar mentalmente en ningún diagnóstico que nos permita salir airosos: “Es un funcional, ¡lo mismo de siempre!, ¡vaya pesado!, será de los nervios”, decimos, desentendiéndonos del asunto.
 Hemos aprendido a buscar el mapa de los síntomas para seguir el camino del diagnóstico, y a menudo no tenemos tiempo para ver la carretera y nos perdemos. Somos como cazadores expertos que conociendo el manejo de las más sofisticadas escopetas no nos damos cuenta de que el dueño del terruño sabrá ponernos en la pista de la pieza. Y ¿Quién conoce mejor el territorio que uno mismo? Dejemos que sea el propio paciente el que nos guíe, con su lenguaje, sus conocimientos, sus opiniones. ¿Quién es el protagonista de la enfermedad? El que la padece. Sin embargo, como afirma Winckler en palabras del doctor Sachs, las enfermedades llevan el nombre de su descubridor, el médico, y no el del enfermo.

... luz sin habla/voz callada/clara.

 Vicente Aleixandre

El encuentro. Saber escuchar nos capacita para ayudar.
Cada acto médico es un encuentro, encuentro entre dos hombres, en palabras de Laín. Y un acontecimiento ético que debe saber vivirse con el adecuado arte, moldeado por el ambiente, el grado de conocimiento mutuo y las circunstancias en que se desarrolla.  Ya en los textos hipocráticos se destaca la importancia de las circunstancias externas en la curación de la enfermedad.
De una manera orteguiana podemos considerar que el encuentro se produce entre nosotros y nuestras circunstancias, las del paciente y las del terapeuta, que siempre son diferentes, y tiñen de modo particular dicho encuentro. Su preocupación, nuestro cansancio, su desconfianza, nuestra prisa, siendo por ello fundamental, salvar nuestras circunstancias para salvar el encuentro.
Todos sabemos la importancia de las circunstancias en los resultados de salud: la ambulancia llegó a tiempo, estuve en manos de un buen cirujano, en mi ciudad hay unidad de cirugía cardiaca, el Centro de salud está próximo a mi domicilio, mi médico me escucha…. ¿Podemos por tanto olvidarlas?
Valoremos la importancia de las circunstancias en los resultados, y mostremos una disposición favorable, porque los médicos de familia vamos a tener las oportunidades. Pero aprovechémoslas.
¿Por qué se queja el paciente ?, podemos pensar, o quizás mejor ¿Qué es lo que necesita de nosotros ?, ¿Cuál o cuáles son los motivos reales de su consulta ?, ¿Por qué busca un encuentro con nosotros? Busquemos la respuesta en el lenguaje verbal y no verbal del paciente durante los primeros minutos del encuentro. Tengamos en cuenta que más del 90% de los mensajes emocionales son no verbales. Miremos al paciente. Busquemos su mirada, y dejemos que nos hable. Y después, escuchemos, con todos nuestros sentidos, y hagámosle participe de nuestra escucha. Solamente así estaremos prestando una atención activa y eficaz.
¿Escuchamos a nuestros pacientes? Experiencias como las de Beckman muestran que les interrumpimos en cuestión de segundos perdiendo tiempo y oportunidades de la preciosa información contenida en la “agenda” del paciente con un promedio de tres preguntas que lleva al médico de las que suele consultar la mitad. Las preguntas sin respuesta generan dudas, miedos e impotencia y crean resistencias a seguir tratamientos que no logran comprender.
Nos escudamos en que no tenemos tiempo para escucharles.  ¿Es que hablan tanto nuestros pacientes? Hay informaciones coincidentes que demuestran que la mayoría de los pacientes emplean menos de dos minutos en contarnos lo que les preocupa, información valiosa que difícilmente obtendremos de otro modo. Por tanto, empleemos el “apoyo narrativo” o “punto de fuga” y ganaremos tiempo, nuestro bien más preciado y favoreceremos el encuentro médico-paciente y el cumplimiento de los tratamientos.
¿Cómo debemos escucharles? Escuchar con toda atención, sin juzgar. Escuchar con los oídos y el corazón. Que el otro se sienta valorado y comprendido. La escucha ha sido valorada siempre por los hombres sabios, así por ejemplo en sus meditaciones el emperador Marco Aurelio nos recomienda acostumbrarnos a escuchar con la mayor atención lo que se nos dice.
Dos autores clave en el aprendizaje de la importancia de la escucha han sido el psiquiatra M. Balint: “si nos limitamos a hacer preguntas, obtendremos respuestas y nada más que respuestas “y el psicoterapeuta norteamericano C. Rogers: “escuchar atentamente significa prestar una atención total y no dividida a la otra persona, y hacerla comprender que estamos interesados y concentrados. Escuchar es una tarea difícil que no realizaremos a menos que tengamos un profundo respeto e interés por el otro individuo”.
Mc Whinney aboga por el empleo de un método clínico centrado en el paciente que no solo interpreta la dolencia del paciente en términos del médico, sino que intenta penetrar en el mundo de la experiencia del paciente, lo que requiere una actitud abierta y receptiva siendo la habilidad fundamental la escucha activa.
Quizás sea la escritora S. Sontang la que a mi juicio se acerca más a la perfección en la descripción del arte de escuchar cuando se expresa de este modo en su novela el amante del volcán: “Hay un momento en que uno debe guardar silencio. Este es el momento en que acaricias el alma de otro. Alguien de quien mana sentimiento a raudales...... A quién has ayudado a llegar a este punto, quizás por el despliegue de tu propio sentimiento. Y luego miras profundamente a los ojos del otro. Emites un pequeño mmmm o ahhh, un sonido alentador, compasivo. Por ahora te limitas a escuchar, a escuchar de verdad, y a demostrar que introduces en tu corazón lo que estás oyendo. Esto raramente lo hace nadie”.

La búsqueda. ¿Qué diagnosticamos? ¿Cómo lo interpretamos?

Receptores y generadores de encuentros buscan soluciones para los problemas de sus pacientes. Podría ser el lema de nuestra consulta. En ese caso, lo principal sería conocer el tipo de problemas que tienen nuestros pacientes y prepararnos para resolverlos: catarros, hipertensión arterial, diabetes, hipotiroidismo, lumbalgia….  Algo sabemos de estos problemas y tenemos estrategias para resolverlos.
¿Y los problemas emocionales? ¿Son frecuentes? ¿Poseemos en general buenas herramientas para buscar soluciones?
Alrededor del 30% de las consultas en Atención Primaria se deben a problemas emocionales. Desde este prisma sería necesario “implicar” a las emociones en una tercera parte de las consultas, pero esto es incierto porque todas las enfermedades tienen un componente emocional ya que los sentimientos (miedo, enfado, preocupación...) afectan a la totalidad del individuo. Y el modo de “sentir” la enfermedad es siempre único, de manera que su interpretación se complica. Preguntémonos, por ejemplo, con Wittgenstein si puede entender la palabra “dolor” quién nunca ha sentido dolor.


Nur der Freundschaft Harmonie mildert die Beschwerden...
(Únicamente la armonía de la amistad alivia las penas...)

Schikaneder-Mozart

La terapia. ¿Cómo “tratamos” a nuestros pacientes?
Si la misión del médico es triple, consolar siempre, aliviar a menudo y curar siempre que sea posible ¿por qué nos empeñamos en curar, desdeñamos aliviar y nos olvidamos de consolar?
Muy posiblemente porque vivimos en la cultura del éxito y todo lo que no se resuelve de modo inmediato está mal visto. Para todo hacen falta “intermediarios” y por eso tanto nosotros como los pacientes y la propia sociedad pedimos máquinas y fármacos potentes como intermediarios entre el paciente y el médico. Porque en la era de la comunicación nuestra incomunicación nos hace temer al hombre, al silencio, a la palabra. Incluso en las especialidades en las que esta es imprescindible, como la Psiquiatría a veces el intermediario fármaco de moda es lo único que el paciente recibe del médico.
¿Disponemos de algo más que pastillas e inyecciones para nuestros pacientes?
Sin duda. Herramientas comunicacionales con eficacia paliativa indudable y un amplio rango terapéutico. Su problema más frecuente es su empleo en dosis subóptimas. Empleemos entonces el consuelo (alivio aportado por alguien, que mitiga una pena y proporciona alegría), el alivio que modera y disminuye la carga, corporal o de espíritu. Y cuando podamos, restablezcamos la firmeza curando la enfermedad.  El medicamento más potente somos nosotros mismos. ¡Usémoslo en el modo y la dosis adecuadas! Con nuestro capital cognitivo y emocional.

Herramientas emocionales. Preparándonos a ser “facilitadores” de salud.

Todos poseemos nuestra propia arquitectura emocional en coherencia con nuestras disponibilidades emocionales que componen nuestro repertorio emocional. Los sentimientos son instrumentos disponibles para relacionarnos con los otros que más que cualesquiera de nuestras demás particularidades nos hacen únicos, o como diría Spinoza nos singularizan.
Es por tanto lógico pensar que del mismo modo que cada profesional posee sus propias habilidades, conocimientos y actitudes técnicas, es también portador de un instrumental emocional personalizado responsable de que sus consultas tengan diferente colorido que las del resto de sus compañeros. Y los pacientes lo saben, y lo dicen. Y cuando pueden incluso eligen las tonalidades a su propio gusto.
Analicemos algunos de los instrumentos emocionales que a mi juicio serían valiosos y nos facilitarían la hermosa tarea de pasar la consulta del día a día.

1. La paciencia. Es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, capacidad para hacer cosas minuciosas, saber esperar. Sería a mi juicio, el primer recurso emocional del médico, indispensable para abrir la puerta a una relación terapéutica fructífera, ya que no podemos escuchar sin ella, y sin escucha no hay posibilidades para la empatía. La paciencia nos permite mantener la posesión de nuestra alma y abrirla a los demás. Para el cuidado de esa preciada esencia que es la salud y la comprensión del dolor y el sufrimiento ajeno; nada más íntimo, delicado y necesitado de cuidados, es fundamental desarrollar la inmutable tranquilidad de relojero ante las adversidades de la propia consulta o el cotidiano microcosmos que la rodea (familiares, sala de espera, ruidos). También es necesaria para permitir que “el otro” nos cuente sus problemas de forma reiterada, para que se adapte a sus cambios vitales y facilite su restablecimiento emocional.  La paciencia no es sin embargo bien valorada por los gestores ni muchos de los profesionales que opinan que su labor es ser eficaz. No hay tiempo que perder porque hay muchos pacientes. Pero el tiempo es nuestro principal recurso y nunca hay tiempo mal empleado si sirve para conocer mejor al paciente y darle confianza y posibilidades de mejora.
2. La confianza es la actitud básica mediante la cual nos disponemos a la interacción como si supiéramos del otro más de lo que podemos saber. La intención de nuestra actuación y comportamiento es la intimidad misma y por ello la mejor compañía del médico en la consulta es la “soledad” con el paciente para inspirarle confianza técnica y ética. Todos sabemos cómo los pacientes nos “prueban” antes de confiarnos sus mayores preocupaciones tanteándonos con consultas banales previas o como nos solicitan intimidad (sin la enfermera, sin el residente, por ejemplo) antes de mostrarnos lo más profundo de su alma. Y cómo nos lo dicen: Es que con usted/contigo se puede hablar...
3. La compasión es la tristeza por el mal ajeno. Su desencadenante generalmente es el dolor del otro, del que acude a nosotros. F. Savater propone en su Ética para Amador que un principio básico para la buena vida es tratar a las personas como personas, es decir ponernos en su lugar, reconociendo su dignidad y “simpatizando” con sus dolores y desdichas, es decir siendo compasivo. La compasión está relacionada con todas las capacidades del médico: consuelo, alivio y curación de manera significativa. El sentimiento básico que hace posible esa comprensión e identificación de las emociones ajenas es la empatía, definida como la capacidad de compartir el estado emocional de otra persona y comprenderla. (ponerse en su lugar). Desde una vertiente terapéutica Rogers define la comprensión empática como la captación precisa de los sentimientos experimentados por el paciente y de los significados que éstos tienen para él y, una vez captados comunicárselos, mientras que M. Balint  entiende la empatía en medicina como una forma de capacitar a los médicos para reconocer y comprender las dolencias de sus pacientes, no solo en función de las enfermedades, sino también de sus conflictos y problemas personales, para utilizar luego esta comprensión con fines terapéuticos. Este autor, cuyas experiencias fueron continuadas por su esposa E. Balint marca un importante punto de inflexión en la valoración global del paciente, desde un punto de vista biopsicosocial, dos décadas antes de la propuesta por parte de Engel de este nuevo paradigma en medicina.
La empatía, pasa a formar parte de las herramientas de trabajo del médico, que entiende el nuevo modelo de comunicación en la consulta, la comunicación centrada en el paciente. Este cambio conceptual, que da un giro en el protagonismo de la entrevista clínica, parte de las primeras experiencias, se desarrolla posteriormente en la escuela inglesa y canadiense y en nuestro país en el seno del grupo Comunicación y Salud de semFYC.
Existe un componente innato y un componente adquirido para la empatía, predisposición y aprendizaje. La empatía sería para el médico una aptitud técnica que requiere un aprendizaje teórico y práctico, imprescindible para una buena relación terapéutica, que complementa la actitud humana de ayudar al que sufre. Necesitamos probar que la compasión no es un lujo sino una necesidad básica de los sistemas sanitarios.
4. La serenidad nos permite ajustarnos al momento, tensar las cuerdas tanto como sea necesario para mantener el tono apropiado de la interacción. El buen temple se ajusta al momento y la situación. A veces flexible, a veces rígido, más lento o más rápido, dependiendo de las circunstancias. Un ambiente sereno favorece la comunicación y la comprensión por parte de médico y paciente del objeto del encuentro, así como las posibles limitaciones del terapeuta para ser una ayuda, y dificulta el desacuerdo, la desconfianza y el incumplimiento de los tratamientos.  Transformemos nuestra consulta en un espacio cálido y sereno.
5. La asertividad es el desempeño pleno y con seguridad de nuestra tarea y por ello se convierte en una herramienta imprescindible de comunicación con nuestros pacientes. Seguridad para manejar la incertidumbre propia de cada consulta, para transmitir confianza en nuestra capacidad diagnóstica y propuesta de tratamientos, y para manejar sin alterarnos las situaciones difíciles que se generan en la consulta. Nuestros pacientes vuelven a visitarnos cuando han tenido la impresión de que otro médico o nosotros mismos no les hemos transmitido seguridad en lo que hacíamos y dejan de venir a vernos si pierden esa confianza en nuestra capacidad de saber lo que “nos traemos entre manos”. Esta seguridad básica en nuestros actos dependería de la combinación de la calidez y el control de nuestras emociones.
6. El respeto es el sentimiento adecuado a todo lo valioso, y nada hay más valioso que la persona humana. Trabajamos con y para las personas y es requisito imprescindible para ayudar tener presente la dignidad del otro independientemente de las posibles diferencias socioculturales que puedan existir. Mantengamos un respeto activo, porque del brotará el cuidado. Respeto desde la consideración de las creencias, opiniones, y actitudes del paciente, y su derecho a disentir de lo que le proponemos. Recordemos que no estamos en posesión de la verdad, porque la verdad no es patrimonio de nadie.
7. La generosidad. La creatividad como capacidad de crear algo valioso que no existía en nosotros o nuestro entorno amplía nuestras posibilidades, resuelve problemas y fructifica como una sensación de alegría con nuestra tarea. Seamos creativos en nuestra consulta, en la sala de espera, en la relación con los demás. Evitar la monotonía es la mejor manera de estar satisfechos con nuestro trabajo. Nada se hace bien sin alegría. La alegría es un gran recurso porque amplía las capacidades y se relaciona con la actividad. Cuando el hombre siente su propio poder se alegra decía Spinoza. La alegría nos expande porque potencia, fertiliza, permite crear.
8. La diligencia. En el país de “vuelva usted mañana” la diligencia suele gozar de pocas simpatías, sin embargo, es una importante capacidad comunicacional por estar relacionada con la fortaleza (capacidad de atreverse y resistir) imprescindible en nuestras masificadas consultas, y la creatividad como sabiduría del tiempo. Ser diligente, ser capaz de resolver los problemas de hoy se relaciona conceptual y etimológicamente con el amor a la tarea que desempeñamos. Nuestros pacientes nos agradecen cuando nos adelantamos a visitarles, telefonearles o gestionar eficazmente sus problemas, incluso cuando no lo esperan de nosotros.
9. La justicia tiene un aspecto contable que atiende a la equidad, equidad en los servicios que prestamos, en el cuidado de todos sin diferencias; y otro creador que amplía los derechos (nuevos servicios y prestaciones). Debemos esforzarnos en prestar una atención sin diferencias y sin limitaciones en nuestra oferta de servicios. Justos cono el paciente, con la sociedad y con nosotros mismos. Equitativos en el tiempo y las atenciones. Justos, por ejemplo, al recetar o al tramitar una baja, justos con el paciente y con la sociedad.
10. La sabiduría se define como el “talento para hacer las preguntas adecuadas y buscar buenas respuestas”. Necesitamos saber tanto en el ámbito técnico como en el comunicacional y en el emocional. Supongamos que visitamos a un paciente con una neoplasia avanzada que presenta dolores por metástasis óseas. Buenas preguntas serían, por ejemplo: ¿Cuál es el mejor fármaco para el dolor de pacientes oncológicos con metástasis óseas ?, ¿Cómo podemos comunicar la situación clínica del modo más útil y menos doloso para el paciente? o ¿Cómo podemos conocer sus emociones y modularlas en su propio beneficio? Estaremos de acuerdo en que la respuesta a estas tres preguntas será pertinente, pero pensaremos en un ensayo clínico para responder a la primera. ¿Y las otras dos? Experiencias como las de R. Buckman o Kübler-Ross. nos permite mejorar nuestra capacitación para comunicar malas noticias y comprender, compartir y modular las emociones en pacientes terminales respectivamente. Tenemos datos, estudios, experiencias, debemos por tanto con Hahnemann “atrevernos a saber”.
11. El sentido del humor. Sin olvidar la seriedad de nuestro trabajo siempre que podamos riamos. Reírnos nos ayudará a soportar mejor las tensiones, a ser más nosotros mismos, a humanizar nuestra tarea. Reírnos de nosotros mismos, reírnos con el paciente. Porque los chistes, las anécdotas, las complicidades son parte importante de nuestra relación, momentos de vida compartida.

El aprendizaje emocional.
¿Podemos aprender a comunicarnos con nuestros pacientes y ser más eficaces emocionalmente?
Resulta sorprendente que la habilidad técnica más importante para un médico, la comunicativo-emocional no forme parte de nuestro aprendizaje, mientras dedicamos horas a conocer enfermedades y síndromes de dudosa utilidad salvo la de salir airosos en exámenes tipo test. Surgen por ello voces críticas hacia las facultades médicas por no enseñar a sus alumnos la forma de acción y dosificación del medicamento médico.
Actualmente disponemos de múltiples pruebas de que las herramientas comunicacionales deben ser enseñadas, pueden ser mantenidas en el tiempo una vez adquiridas y se relaciona con una mayor satisfacción de los pacientes que consultan con médicos que las poseen y mejoran los resultados clínicos.
Experiencias de aprendizaje basadas en modelos comunicacionales y psicoanalíticos han demostrado las grandes posibilidades de mejorar nuestras habilidades comunicativas y emocionales, así como una mayor satisfacción con el trabajo realizado. Desde las pioneras de Balint en los años 50-60 a las más recientes es patente que los “buenos” médicos se comunican con sus pacientes de modo más efectivo. El aprendizaje de la relación médico-paciente ayuda al médico a comprender los movimientos emocionales de sus pacientes, a conocer el dolor, la frustración, las satisfacciones y expectativas de los pacientes y por ello es necesaria una formación que incluya las implicaciones emocionales inherentes a la práctica clínica.
E. Kübler-Ross reflexionaba hace más de 30 años sobre la necesidad de un aprendizaje emocional en los profesionales sanitarios: “Si fuéramos capaces de transmitir a nuestros estudiantes el valor de la ciencia y de la tecnología al mismo tiempo que el arte y la ciencia de las relaciones interhumanas, del cuidado humano y total del paciente, este sería un verdadero progreso”.
Múltiples son las propuestas para médicos en ejercicio, desde los grupos Balint, a otras experiencias de aprendizaje a través de sistemas docentes que ayuden a recuperar y fomentar el humanismo de los médicos mediante el análisis emocional de los contactos con pacientes con enfermedades crónicas o invalidantes, los juegos de roles, la lectura y comentario de textos literarios o películas. Los “grupos de humanización” y de “autoayuda” y las técnicas de meditación nos permiten mejorar el control emocional, tolerar mejor la frustración, aceptar nuestras limitaciones y ser más flexibles ante situaciones estresógenas. Todas ellas son puertas abiertas a una formación permanente de los médicos para mejorar nuestra capacitación diagnóstica y terapéutica.  Aprendamos, mejoremos nuestra capacitación porque podemos ser de mucha ayuda si empleamos nuestras mejores “drogas”, la escucha, el contacto, la comprensión empática, que permiten al paciente compartir su carga, el contagio de emociones positivas que favorezcan la autoconfianza y autoayuda del paciente y el conocimiento de que el proceso cognitivo (mi enfermedad, mi dolor, mi percepción de minusvalía...) se puede modular y modificar por las emociones.

“.... Le había enseñado a escuchar la respiración de los enfermos, a oír con fervor el sonido de su sangre bajo la piel, a buscarles en los ojos la causa del mal que los lastima, a hurgar bajo sus lenguas, sobre sus lenguas, dentro de lo que callan o dicen sus lenguas. Le había enseñado que nadie cura sin el deseo intenso y entero de hacerlo, que ningún médico puede permitirse vivir lejos de tal deseo. Le había enseñado que la vida de los otros, el dolor de los otros, el alivio de los otros debía regir el aliento, las madrugadas, la valentía y la paz de todo médico. Le había dicho que los intestinos de la gente saben más de ella que su corazón y que la cabeza de la gente respira el aire que el corazón quiere mandarle. Le había convencido de que nadie sobrevive a su deseo de morirse y de que no existe enfermedad capaz de matar a quien ambiciona la vida......”
 Ángeles Mistretta. Mal de amores.


Hay quien opina que somos en gran parte lo que leemos, por ello no puedo dejar de agradecer a todos los autores lo que me han ayudado en mis pensamientos y emociones al escribir estas líneas, y muy especialmente a José Antonio Marina,Carlos Castilla del Pino, y Rosa Gómez-Esteban cuyos libros han sido para mí como savia fresca que renueva las raíces.
Me he permitido la licencia de introducir una frase de La flauta mágica de Wolfgang Amadeus Mozart imprescindible maestro de las emociones, para recordarnos que el médico que solo sabe de medicina ni de medicina sabe. ¡Atrevámonos a saber ¡

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1 comentario:

Concha Álvarez Herrero dijo...

Precioso artículo, en fondo y en forma. IMPRESCINDIBLE.
Gracias ¡